Peculiaridades del altar y Día de Muertos Zapoteca

Gubidxa Guerrero 

La muerte es parte esencial del pueblo zapoteca y de su cultura. Desde hace milenios nuestros antepasados honraban la vida después de la vida. Lo escribí bien: la vida después de la vida. Porque, ¿saben?, uno realmente no deja de existir, como se entiende en otras partes del mundo. Uno simplemente se vuelve otra cosa.

Así como un Bidxaa (nahual) se metamorfosea en el animal de su preferencia; un binnizá adquiere otro sentido después de que su corazón deja de latir. No desaparece. No deja de existir. Sigue vivo, pero de otra manera. En otro lugar.
Hay un sentido espacial en la concepción de la muerte de los zapotecas. Hay un mundo, una realidad paralela a la nuestra, alejada de los lugares que ocupamos los vivos. De ese otro lugar vuelven los difuntos una vez al año, cuando se les concede licencia para visitar a sus parientes y amigos, cuarenta días después del equinoccio de otoño. 
En casi todo el país a los muertos se les espera en el cementerio. Pero entre los zapotecas istmeños, sobre todo en pueblos como Juchitán o Unión Hidalgo, a los difuntos se les espera en el hogar.

Bienes comunales de Juchitán. ¿Tierra de todos?

Gubidxa Guerrero

[Texto publicado en Enfoque Diario el lunes 24/Oct/2016]

La historia guarda muchas ironías. Como el hecho de que un pueblo que se levantó en armas incontables veces para defender sus recursos naturales y su autonomía política, hoy viva presa de disputas vulgares por el poder y desconozca la extensión de sus bienes comunales. Así acontece en Juchitán, donde unos cuantos se alternan en la presidencia municipal y en donde pocas familias se benefician de la propiedad colectiva.