El árbol de guetazee


Por Gubidxa Guerrero

Con mucho cariño, para mi hermana.

Xunaxi siempre pensó que el mundo no había descubierto la comida zapoteca. Decía que en el más pequeño pueblito del Istmo, Valle o Sierra podían prepararse más guisos originales que en la Francia entera o en la botuda Italia. “Pero así son las cosas. A lo mejor Dios nos ama tanto, que guarda placeres únicos para nosotros”. 
   
De todo lo que su paladar había probado, acumulaba recuerdos precisos. Y de los muchos platillos que le gustaban, tenía por predilecto los tamales de elote, conocidos en la zona istmeña como guetazee, que acompañados con crema y queso saben a comida de dioses.
   
Deshojaba lentamente cada tamal. Una vez en el recipiente, le vaciaba a cuentagotas la mantequilla, espolvoreando pedacitos de queso seco o porciones de queso fresco, según su preferencia.
   
De niña siempre imaginó que los tamales de elote eran frutos brotados a ciertos árboles. ¿Una planta de guetazee? Podría ser… En la mente de los pequeños todo es posible. Pero una tarde, Xunaxi cometió la imprudencia de confesar su ilusión a sus hermanos, quienes, traviesos como ellos solos, decidieron tenderle una trampa.   

De las nubes

Foto.- Miguel Cervantes Sahagún
Gubidxa Guerrero

En los Cuarenta Días de mi madre

“¿De dónde vienen las nubes?”, preguntó Florinda a su abuela Juana. “¿Por qué caminan tan rápido?, ¿por qué algunas son gordas y otras flacas? ¿Por qué, de repente, sueltan toda su agua? ¿Por qué son tan bonitas?”, decía insistente la niña.

La matriarca de la familia Velázquez Orozco se complacía con los cuestionamientos de Linda, como apodaban a la pequeña. Le sorprendía gratamente que, a su corta edad, echara a volar la imaginación.
“Mira, abuelita, ¡allá va un árbol!”, gritaba la chiquilla cuando en el horizonte veía pasar una nube con forma de matorral. Cuando, en las temporadas secas, el cielo no dejaba ver hileras de copos de algodón, ella se aburría. En cambio, los días nublados eran los más felices.

Juchitán, sin estrategia de seguridad

Gubidxa Guerrero 

[Texto publicado en Enfoque Diario, el miércoles 27/Ene/2016]

Ante la ausencia de estrategia de seguridad pública municipal, la ciudadanía juchiteca decidió explorar formas de organización vecinal para la prevención del delito. De manera totalmente autónoma, se crearon varias juntas vecinales en la tierra del General Heliodoro Charis Castro; la primera de las cuales --la Junta Vecinal Guendalisaa A.C.-- instaló un sistema de alarmas y realizó sus primeras detenciones varios meses antes de que al Ayuntamiento se le ocurriera la brillante idea de crear un Consejo Municipal de Seguridad, invitando a "ciudadanizar" las tareas preventivas.